Astucia del relato

 23 - 03 - 22 



Patria

Fernando Aramburu

Buenos Aires, Tusquets, 646 págs.

2017 (5ta. reimpresión argentina, 2018)

La trama dibuja el inevitable triunfo de semblante blando de la mesura sobre los enojosos extremos. No se intenta loar la moderación aunque tampoco es cuestión de impugnarla. Se reconoce la agencia inteligente de lo moderado sin descontar, por supuesto, su furtivo pero implacable aplomo. Domina la sensación – probablemente más entre los jóvenes – de que con rigideces no se consigue nada. La astucia del relato en endilgar la mayoría de las inequidades de la lucha armada a uno de los extremos es de apreciar. Fernando Aramburu sitúa su novela en el conflicto entre el Estado español y la Euskadi Ta Askatasuna (ETA), la organización político-militar nacionalista que se proclamaba independentista, socialista y revolucionaria.

Apuntemos solo de paso que entre otras cosas la real disolución de la ETA en 2018 y los méritos de esta ficción en sugerir las ventajas de la prudencia no significan la cancelación de la disputa ni que la historia haya terminado. Hay otras problemáticas, otras luchas, ojalá menos truculentas, en el mismo lugar donde transcurre la novela cuyos resultados aunque parecen firmes pueden darse vuelta en cualquier momento.

La reconciliación, quizá un subproducto de la moderación dulce y armoniosa se impone aquí a los polos recalcitrantes. Uno de ellos (ETA) se presenta con más detalle a los lectores. El otro (la policía) aparece rudo, ignorante, vengativo y torturador aunque no como practicante explícito del terrorismo de Estado. Se sospecha un empeño quien sabe si solapado de la narración de zanjar las diferencias con la intermediación de una usanza importada del otro lado del charco: los dos demonios.

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Pero más allá de las reluctancias que producen un fastidio resignado en el prolongado viaje que propone Patria – con sus estereotipos ubicables en el extremismo de centro – la escritura resulta agradable; no se esmera en otra ambición formal que no sea hacerse entender y retener al lector. Tal vez lo anterior constituya el motivo principal que garantiza llegar al final de la lectura con el recurso al gancho de las telenovelas de la tarde, a la previsibilidad que atrapa. Lo previsible no es un mal consejero. Al contrario, la narración exhibe una habilidad saludable que suscitaría celos en otros esforzados creadores que por abstrusos suelen sufrir incomprensión y soledad. De todos modos Aramburu es dueño de una vasta obra y no hace falta que nadie lo valide ya que ha sido bastante exitoso, en especial con esta novela.

***

Los personajes que se destacan son dos ácidas mujeres maduras de las que, de ser reales, convendría mantenerse alejado. Poseen el carácter fuerte, ceñudo y tradicionalista que se supone tendrían progenitoras corrientes de las aguerridas vanguardias setentistas. Bittori y Miren, amas de casa que mandan en hogar y familia, y madres respectivas de un ejecutado por la ETA y de un militante de esa organización, se combinan en un juego de espejos que las iguala en sus recíprocas objeciones y porfías hasta la última página. La obstinación, común a ambas, condimentada con pizcas de ternura solo implícitas, lastima la relación con los demás personajes que lejos de cualquier candor comparten con ellas un ciclo de violencia que no entienden, probablemente por fallas – o destrezas – diegéticas de historicidad. La obra se propone transcurrir por los sufridos derroteros de familias comunes, con mínimo peso en decisiones y desenlaces de contiendas históricas que los trascienden pero que no dejan de afectarlos de manera trágica. Entonces, el problema de la historicidad, si es problema, pasaría a segundo plano. Otra cuestión para mencionarse es la paradójica incidencia del ampuloso término Patria que preside impávido los mal llamados daños colaterales cotidianos de los que padecen el drama.

La persistencia de las testarudeces de Miren y Bittori se mitiga un poco hacia el final. Gracias a esta moderación el bulto de las riñas de la trama alcanzan un desenlace que a pesar de pérdidas y sacrificios, para este rincón lector, resulta aceptable y feliz. La moderación funciona de afuera hacia adentro: primero la familia, luego las contendientes, que en un antaño ilusorio fueron íntimas amigas. Viene la paz y se percibe ¿en error? que ya no se precisa rencor y mucho menos, odio.

***

(Un artículo de Diego Sztulwark en El Cohete a la Luna del domingo 20 de marzo – que no se relaciona con la novela – reflexiona sobre disputas dentro de la coalición gobernante en Argentina. Sostiene que el avance de las propuestas de derecha en el mundo parece haberse impuesto y en parte como consecuencia de eso al gobierno del presidente Alberto Fernández, ¡oh casualidad!, “solo [le] queda la épica de la moderación, como última opción concebible”. Si extrapolamos a puro capricho campos diversos se podría afirmar que la propuesta subyacente en Patria proyecta de alguna manera la preocupación de Sztulwark sobre la incidencia de la mesura en la resolución de conflictos.)

HD

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