Arrebatos, excesos, encantamientos

 15 - 12 - 21 


Peregrinaciones profanas
Fernando Noy
Buenos Aires, Sudamericana – Penguin Random House Grupo Editorial, 234 págs.
2018

“Desde Shiva hasta Vishnu pasando por Kali, todos los dioses nos habitan. Sucesiva y definitivamente somos sus moradas. Por eso las drogas han sido prohibidas. Son las llaves de esa libertad superior que amenaza a un antiguo y opresivo sistema que necesita dominarnos”.

Uno teme, al embarcarse en la lectura de un autor que no conoce que sea un trabajo si bien voluntarioso, ingenuo, o de escasa destreza artística; o en caso extremo, un irredimible bodrio. No sabía de Fernando Noy – ¡pecador de mí! – de ahí la reluctancia a abordar este libro, que no tengo idea cómo llegó a mis manos.

No duraron las sospechas. Primero porque Noy se largó de entrada a conjurar mitos, brujos y esas palabras encantadas que se asocian al creyente satisfecho que uno subestima pero a escondidas le fascina. No quiero desbarrancarme – para describir – al estereotipo del espíritu gay del que narra, pero tampoco me dispongo a recurrir a lo que algunos dinosaurios – dinosaurios con cariño; no de los que “van a desaparecer” – llamamos “farra” o nos quedamos cortos con “bohemia”, que si la miramos desde Peregrinaciones profanas da la impresión de una monjita recatada. Fernando Noy parece un personaje de Puig mucho más zafado que el Molina de El beso de la mujer araña, el primero un tipo cholulo, sensible, inteligente, mundano y corajudo. De lo último cuenta que no lo iban a abusar así nomás. Su físico prominente y habilidades para aguantárselas hacían pensar dos veces a los homófobos que se animaran meterse con él.

***

¿Cómo es que recién me percato de este Noy, poeta, partícipe sustancial de movidas culturales de las que desconozco casi todo y habitué de tanta gente que brilló en las candilejas porteñas y sus alrededores, en el arte y la literatura? A Borges se lo encontró una vez en una esquina esperando que lo ayudaran a cruzar la calle. Noy lo tomó del brazo y en el cruce el viejo le preguntó cómo se llamaba. Después de responderle obtuvo una revelación alucinante sobre cuestiones arrabaleras de su abuelo que no había imaginado (58 – 60). Vaya a saber si lo que cuenta es cierto. (Desde que lo leí, fantaseo con que Borges me pregunta lo mismo y luego de mi respuesta, me informa con aire de trámite administrativo, “su apellido no puede sino ser de inmigrante reciente. Gracias a que habrá tenido acceso a la educación pública de este país es que sabe de mí, pero seguro usted será de simpatías comunistas”. Ni en la calma vigilia me permito reconciliarme con él).

Noy fue íntimo de Alejandra Pizarnik con quien se trataba de tú, extrañamente: “…le parecía mejor, más transparente, además de menos real” (84) La describe como sigue cuando se presenta ante ella: “… un muchacho de jeans y camisa blanca, de pelo largo: Al mirar esos ojos que irradiaban tanta luz detrás de sus anteojos, enseguida sentí o supe que se trataba de ella” (82 – 83); también frecuentó a Néstor Perlongher, a Elvira Orphée y a muchos otros transgresores famosos que gastaron sus suelas por Buenos Aires.

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Lo que se narra es a la carrera, a la búsqueda de un nuevo embeleso, cuya entrada implica distender los límites, doblarlos y aunque algunos avances parezcan inciertos e indecorosos, ni autor ni lector se sienten compelidos a aceptar gravamen alguno de la moralina promedio que promueve nuestra eraLa frivolidad también puede ser candente y un arte en sí misma” (198)El kitsch resurrecto y festivo, cuando ya pocos lo traen al ruedo.

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El rompimiento de fronteras y convencionalismos recuerda a rebeldes y revolucionarios del siglo pasado pero despojados de la carga sacrificial que acompañó a gran parte de ellos. La vida de Noy – aun con las reticencias y sospechas del lector ante el escritor de memorias – es un espacio feliz pese a las censuras de la intolerancia y de la pacatería de los lugares por donde anduvo y de los monseñores con quienes se cruzó. La semblanza con los revolucionarios no es antojadiza. Noy estuvo cerca del Frente de Liberación Homosexual hasta que entre compañeros se decidió, con grado fatal de inmadurez, rechazarlo. El escritor cuenta que marchó asimismo por las sendas del errepé. En un campamento tuvo amoríos con un militante; fueron descubiertos e ipso facto, expulsados (173). No se pretende recriminar a los revolucionarios por estas actitudes implacables. Se estaba en otra onda legítima y si bien se trataba de trastrocar la sociedad injusta, se convivía asimismo con varias de sus cegueras. Las “trolas” (como el autor llama a su grupo) se encontraban un paso más allá en el plano de la libertad que deseaban. Quizá con bastante tino se espantaban por el componente moral y trágico que arropaba a los revolucionarios. El paraíso del deseo que buscaban las identidades diversas lo querían disfrutar en la tierra, pese a las convenciones que amonestaban y reprimían. Ese paraíso contenía el éxtasis del desparpajo, lo profano, el desenfreno, la transgresión, lo prohibido:

Es lo que (…) me pasa con los futuros amantes heterosexuales que jamás se han acostado con alguien de su mismo sexo. Son peores que una virgen. Es la fragilidad de los machos siempre atrayente y ocultada por capas de indiferencia que los delata aún más. Otros agreden y terminan sollozando de placer en cualquier rincón que una marica les demuestra su arte milenario” (130).

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La alegría de Noy se nota en el desafío y orgullo en el uso de palabras consideradas insultantes o indignas, como la ya referida “trola” (término utilizado hoy por jóvenes con bastante más soltura que antes), “mariquita” u otras como “bufarrón”, a la que nunca hubiera equiparado a la belleza o al elogio. He aquí un tributo digno de Eros dedicado al retrato del amigo Pedro Lemebel:

se lo ve con su eterna sonrisa ladeada, bajo las chuzas de un alborotado flequillo lamido por el viento. Su mano izquierda provocativa en el mentón y la derecha oscilando entre las rodillas sentado sobre la rambla del Mapocho. Desde el río donde un coro de sirenos bufarrones lo espían dispuestos a cantarle melodías pasionales y saltar para darle un placer que solo él después supo narrar (218 – 19).

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Una pregunta nomás para curiosear sería cómo es – aun atendiendo las hipérboles de estas memorias – que ese cuerpo de Noy aguantó tanto placer, tanta consumación de deseo y consumo de ambrosías vedadas, sin que le hayan afectado su cuerpo demasiado. Ha de ser esta pregunta la envidia encarnada de los que por mucho menos se quedaron en el camino o de los veteranos que titubean frente a la segunda vuelta de un humilde vaso de vino.

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Noy se rozó con el jet-set, pasó necesidades pero también gozó de lo que el poder adquisitivo (de sus amigos) otorgaba. Con una rozagante posición de izquierda, gozoso de su elección sexual, celebra en estas páginas salidas heterodoxas como las palabras proferidas por Lemebel antes que los doctores operaran un mal que le impediría hablar: “Piñera, la concha de tu madre” (222). Festeja de la misma manera cuando sus amigas y ella [Noy], dejaron de admirar a María Félix porque comprobaron mientras estaban en París que la diva cenaba y brindaba con Pinochet en el Maxim’sA pesar de haber sido expulsadas de la guerrilla, por lo cual además seguíamos vivas, nuestros corazones serían eternamente revolucionarios. ‘Anarco imperiales’, como a veces nos decíamos riendo” (31 – 32).

***

Al promediar la carrera – no mucho sin embargo: dos o tres páginas – se adivina esa clase de tristeza que a menudo escolta el paso de los años al comprobarse la preeminencia de un presente más bien anodino, siempre peor, sobre el pasado íntimo y querido. La narración baja la carga de adrenalina: se nutre en el final de observaciones más contiguas a lo real y bien divergentes de los paraísos colmados de placer que este personaje, poeta de sus memorias, nos ha donado. Qué gusto conocerlo.

H.D.

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