Poética mata terror

Hugo De Marinis,

A Eduardo Paganini, gracias por el libro

 

Perros en invierno (y primaveras con Lucina)

Omar Álvarez

Buenos Aires: Bärenhaus, 2017.

 

El libro testimonial ofrece el atractivo de la confesión, la primicia reveladora, enriquecedora del conocimiento o la sensibilidad del husmeador en privacidades ajenas. Pero advienen dudas. No sé de escritores consagrados que testimonien; escriben memorias. Los que testimonian lo suelen hacer por la primera y única vez. Al testigo no se lo suele estimar como escriba avezado, capaz de engendrar obras decorosas. Se lo adivina – sin malicia – como un voluntarioso primerizo al que si no se le olfatea habilidad de entrada, sobreviene el temor de una rifa potencial del tiempo del lector.

Cuando encaré Perros en invierno de Omar Álvarez me invadieron estas reservas pero la lectura donó encantos, curiosidades, identificaciones y extrañas simetrías con vivencias propias.

Las simetrías de la novela con quien escribe estas líneas no las detallaré. Basta acusar su presencia. Lo antedicho vale pese a la plena conciencia de que son simetrías dignas del mismo mandinga pero desprovistas del significado metafísico que uno se ilusiona en atribuirles. Dejaron su impresión, aún con el reconocimiento de que mi recepción de esta obra huela a la simpleza de una trama borgiana.

Álvarez narra una saga familiar que gira en torno al secuestro y desaparición de su hermana mayor durante el siniestro ‘76 argentino. De esta saga, hay una porción considerable que merodea por un ángulo de la historia que – por lo que conozco – permanece inexplorado [i]. Me refiero a un grupo de intelectuales y artistas que con diversos grados de compromiso navegaron los setentas cerca de la izquierda combativa, en las inmediaciones del F.A.S. (Frente Antiimperialista y por el Socialismo, conformado con la influencia y sustento del Partido Revolucionario de los Trabajadores [PRT]).

En el relato el narrador diversifica la emotiva fábula familiar con acontecimientos y personas que creía que nadie recordaría. A algunos de estos acontecimientos y personas, a estas memorias vinculantes [ii], es importante referirse. Por ejemplo, yo mismo había olvidado que en una oportunidad hace mucho subrayé los nombres de Lucina Álvarez – la hermana del autor y sujeto/ homenaje de la novela – y su compañero Oscar Barros, ambos desaparecidos, en un libro también olvidado: Carne picada (1981) de Jorge Asís: “…Lucina, la poeta Lucina Álvarez que aparte de ser una poeta formidable era la mejor amiga de muchos de los seres más extraordinarios que dio este país…era compañera, muy pata, talentosa, bonita y recientemente madre…” El versátil Asís que luego de escribir la equívoca pero vehemente Flores robadas de los jardines de Quilmes (1980) nombró en su novela, ya propietario de cierta fama, a la amiga poeta y a su ronda de rebeldes compañeros creativos. El Asís [“…un Asís que ya no entiendo fue por ella / y en la carne picada dejó el vuelto / una alquimia de poemas y utopías / un lejano bar la paz en servilletas/…] a quien una buena parte de sus admiradores encartó como escritor promisorio, ahí nomás malogrado por oportunista y, peor después, arrepentido de las indocilidades juveniles al adherir como funcionario del menemato (1989 – 1999). Este Asís que sin embargo, con la rúbrica confusa del pensamiento de la escasa derecha inteligente, hoy da clases de coyuntura política al chambón de Alejandro Fantino y al sereno pelado Sergio Berensztein, miércoles y viernes a la noche. A estos mediáticos les lleva la ventaja de su lejana formación – también inconfundible – de izquierda. Pero este es otro tema. Es que los libros no serían libros si no te llevaran a otros temas.

La narración de Perros transita por vidas plenas y vidas amputadas a destiempo, grupos y sitios pretéritos que florecen y se disipan con el vértigo que carga el ciclo vital amenazado. La enunciación está dotada de la perspectiva del observador casual pero de mirada abarcadora y minuciosa. Como si nada, junto a las vicisitudes de la cotidianeidad de una vida cualquiera y única al mismo tiempo, ahí aparece Mario Jorge De Lellis (1922 – 1966), el poeta casi olvidado del barrio de Almagro, compinche de Juan Gelman (1930 – 2014), Abelardo Castillo (1935 – 2017), Humberto “Cacho” Costantini (1924 – 1987) y Haroldo Conti (1925 – 1976 [¿?]). A ellos el libro los conjura en múltiples oportunidades. Asimismo se mencionan las peripecias del taller literario “El Pan Duro” que llevó el nombre de De Lellis y que fundaran en su homenaje los amigos poetas – entre ellos Lucina Álvarez – por el que pasaron además de Asís y Oscar Barros, Daniel Freidemberg, José Murillo y Marcelo Cohen, entre otros.

La voz narrativa se pasea con aire lírico – que mata el horror del contexto – tanto por los sucesos más comunes como por anécdotas sustanciosas que involucran al ladero del Che, Ciro Bustos (1932 – 2017) y al cura tercermundista Miguel Ramondetti (1923 – 2003), por nombrar solo a algunos. Estas historias de personajes setentistas se sazonan con el propio caminar de ese espectador cuyo mérito más notable quizá sea registrar y relatar situaciones extraordinarias como las vidas breves y exquisitas de la hermana Lucina y sus compañeros, con estilo sobrio y sin el exceso de su propia intervención en los hechos.

Recomendable lectura, cordial y placentera, Perros de invierno, refresca la memoria y a mi juicio pasa cómoda, sin reservas, el test del testimonio novelado.

 

[i] El que este fragmento de la historia no haya sido indagado como otros se puede deber a que los que circularon por ese entorno artístico cultural integran en gran parte el padrón de los caídos/desaparecidos durante la dictadura. O a una hipótesis que le escuché a un amigo sobre la discretísima reticencia sobrellevada con orgánico orgullo por parte de ex adherentes y simpatizantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

[ii] Jan Assmann, Religión y memoria cultural. Diez estudios, Buenos Aires, Lilmold, 2008, p. 21

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