Cartas de Walsh

Hugo De Marinis
13 – 04 – 19
Oración
Rodolfo Walsh
Literatura Random House, 201

Leer a María Moreno es – para resignificar el lugar común que sigue – salirse de la zona de confort, no para probar una nueva marca de café o para irse de vacaciones a un lugar distinto del habitual, como recomienda el aviso publicitario de la tele. Se trata – si se desea, por supuesto – de comparar y confrontar las adhesiones históricas de uno – el lector – con una “otra” – la autora – que no es enemiga ni mucho menos, pero tampoco del puro palo. Como narradora cuestiona la conveniencia y complacencia de pensamientos, posturas y convicciones de aquellos de nosotros tiernamente convencidos que sí nos mantenemos – o fuimos – del palo puro.

La autora tiene una trayectoria de la cual ignoro bastante, salvo dos libros y un par de notas ingeniosas que permanecen archivadas en un baúl de extravagancias de mi posesión para improbable consulta futura.
Cuando uno se mete en Black out (2016) se pasma de entusiasmo ante la novedad y se contraría por haber tardado en descubrir a una escritora importante. En el proceso de entrarle, acomete el miedo a extraviarse en el revoltijo de sus citas, fuentes, referencias y elucubraciones. Pasa como cuando se encara a un autor de fuste y, para desaliento del ego, cuesta conciliarse con el signo frente a uno.
Se podría catalogar este libro como una novela. Pero el respeto por los géneros literarios hace rato que nadie lo practica. Pese a ello, y si el afán categorizador prevalece, esta obra se congracia más con las banalidades exquisitas de la autobiografía – qué texto creativo no hace lo mismo – o con los artificios de ensayos juguetones que con la ficción, digamos, clásica. Estos sentires constituyen perplejidades y congojas que se suman al fervor de la revelación descubierta durante la lectura, que se recomienda sin atenuantes y de la que quizá en el futuro me vuelva a ocupar. Eso sí, quedaron ganas de querer más de la misma autora. Y así apareció Oración (2018), un libro “que arrasa las fronteras entre ensayo, literatura, crítica, investigación y biografía” como dice Jorge Carrión del New York Times en la contratapa.

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Oración llegó justo cuando conversábamos en una clase en la universidad sobre las cartas que Rodolfo Walsh escribió acerca del “Combate de la calle Corro” el 29 de septiembre de 1976, en el que perdieron la vida su hija Vicki, junto a Ismael Salame, Alberto Molinas Benuzzi e Ignacio Bertrán. Las cartas tienen fecha el 1 de octubre (“Carta a Vicki”) y 29 de diciembre (“Carta a mis amigos”), ambas del fatídico 1976.
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Sobre los setenta argentinos se ha escrito toneladas. No es para menos. Sin menoscabar la truculencia que los recorrió, sus sucesos tienen de lo más granado de los temas de la gran literatura. Buena parte de lo trabajado corresponde a homenajes, saludos, memorias, testimonios reveladores y reivindicaciones admiradoras de lo actuado realizados por guardianes celosos de la pasión militante. El carácter moral de la mayor parte de estos textos, si no se tiene el ánimo de joder y por encima de cualquier juicio, es indiscutible. También lo es, más la voluntad que las credenciales de sus escribientes para reclamar una voz en la discusión de la historia del país con aportes no convencionales que han logrado ampliar el coto vedado de los especialistas.
Tal vez debido a la lucha que no cesa por esa historia y al respeto que por ella tienen intelectuales honestos, es que prevalece la reluctancia generalizada a la indagación crítica de las motivaciones, razones y estrategias más caras al militante setentista. Unos de los que sí se atrevieron los reseñamos en este mismo blog: Juan Gelman y Mara Lamadrid en Ni el flaco perdón de dios, publicado por primera vez en 1997 y reimpreso en 2017. El candor con que los testimoniantes de este libro aludían, por ejemplo, a temas como el no escaso colaboracionismo de sectores de la sociedad con la dictadura, las vergüenzas y bajezas familiares entre los damnificados, las delaciones y traiciones entre militantes, fue sorprendente. Hubo otros escritos, pero desde la perspectiva de los arrepentidos y, obvio, de los adversarios y enemigos. Nada de esto corresponde a María Moreno. Su amague es el de una “otra” que miró la escena bien de cerca sin correr la suerte fatal de sus amistades comprometidas. De acuerdo a lo que afirma se trata solo de “un libro” sin especificar género, por lo cual no hay razón para desconfiar cuando en más de una oportunidad señala que la revolución y la adherencia a organizaciones armadas no se encontraban entre sus prioridades. Un mérito de Oración se asienta en la orientación de esa voz narrativa, una especie de jueza informal y desprejuiciada a quien se la puede pensar practicante del don de una ecuanimidad, fallida con frecuencia pero no menos agradable. La distancia temporal y la ideológica determinan la cualidad enjuiciadora pese a la nostalgia irónica que se advierte por justamente haberse perdido el goce de subirse con plenitud al trágico tren que abordaban los militantes en esos años:
…la fascinación por los militantes me generaba una distancia literaria, la suficiente como para no poner en juego un destino que quienes iniciaban el duelo por los fusilados o no podían detenerse a hacerlo llamaban de perejila [i]  e inspiraba la broma de que el color verde de la hierba perfumada estaba a tono con mis preocupaciones en las que los fluidos eran otros que los de la sangre: los del sexo. (pág. 148)
El no haber sido parte sino de costado, sus relaciones – parecidas al compañerismo que se practicaba entre los que “sí” estaban – sus contactos, sus simpatías por lo marginal en la mayoría de sus manifestaciones, hacen que sus puntos de vista posean la potencia de ser más efectivos en la crítica a las razones militantes que lo que escriben y declaran los más recalcitrantes defensores de la dictadura.

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En efecto, ¿quién se las juega hoy en día entre los nuestros a poner en cuestión la verosimilitud o el origen de las certezas de Rodolfo Walsh en sus escritos, en especial de sus más famosas cartas? No es por deshonestidad de los antiguos activistas que no se encara esta tarea. Todos llevamos quizá un comisario adentro nuestro que nos impide hacerlo y nunca es el momento oportuno. El sacrificio de Vicki y su padre, el de los compañeros muertos y desaparecidos nos ha colocado frente a un murallón pudoroso de nuestra propia factura que disuade aún el más tenue acercamiento a circunstancias a las que les endilgamos el escalafón de lo sagrado.
Moreno no tiene problemas para desmenuzar los escritos de Walsh que conforman nuestros queridos mitos, en especial esa pieza primorosa que la militancia donó a la literatura que es “Carta a mis amigos”. El libro Oración resalta muchos tabúes pero me interesa referirme brevemente ahora a uno, quizá insignificante.
Cualquier militante que se precie y que haya leído esta misiva debe acordar que el conscripto que se supone acercó al autor de “Esa mujer” el relato de la muerte de Vicki es como mínimo de dudosa existencia. Lo mismo aquel que herido de muerte al principio de Operación masacre gritó a sus compañeros “No me dejen solo, hijos de puta” en lugar del más apropiado para el orgullo nacional, “Viva la patria”. Difícil, de todos modos, desconocer la eficiencia poética, la economía del lenguaje y el espaldarazo al espíritu de cuerpo para el bando propio en esas pocas palabras elegidas por Walsh. Ni hablar del legado que “Carta a mis amigos” significó para las nuevas camadas de activistas y para cualquier estudiante postdictadura.
Pero el desmenuzamiento que emprende Moreno de la carta nos revela otra cosa. La carta probablemente salió a luz producto de un equívoco. Lila Pastoriza rescató “Carta a Vicki” del infierno concentracionario de la ESMA después de la caída y del allanamiento de la casa de Walsh. Eso nos lo dice Moreno en la página 34. De “Carta a mis amigos” no conseguí establecer si el autor alcanzó a distribuirla antes de su caída (25 de marzo de 1977) o Pastoriza la sacó de la ESMA, junto a “Carta a Vicki” al final de su cautiverio (octubre de 1978) y se conoció recién entonces.
¿Qué importancia tiene esto? No sé si mucha pero su otra hija, Patricia, quizá en la Nochebuena del 76 (pág. 98), le recomendó a su padre, luego de que este le compartiese el borrador de la epístola, que hiciera modificaciones en relación con los hechos realmente acontecidos en el combate de la calle Corro. Estos hechos indican que no fue Vicki quien dijo desde la terraza “Ustedes no nos matan…” sino Alberto Molinas Benuzzi. He aquí el equívoco del que nació el mito militante. Un mito injusto en su origen si se lo considera desde el legado individual de Molinas, ya sea por la renuencia de Walsh a corregir su texto o simplemente por la carencia de tiempo para hacerlo en los tres meses que mediaron entre la conversación con Patricia y la propia caída del autor.
Aunque heterogénea, dispersa y derrotada, la militancia en el ’77 comprendía un colectivo, por lo cual no debería hacer diferencia el establecer quién fue el que pronunció esas palabras. El mito cumplió su propósito pues la carta entera otorgaba sentido en ese momento a la muerte de los militantes quienes, si la suerte les deparaba poder tomar la decisión de auto inmolarse, conseguían sustraer cuerpo y alma al envilecimiento que le preparaba el enemigo si caían vivos (“El pecado no era hablar, sino caer”).

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Oración recorre varios tópicos de difícil pero potencialmente fértil discusión, en especial para los contemporáneos que sobrevivieron los setenta. Sus lectores más jóvenes, como los estudiantes con los que discutimos las cartas, una vez que superen el albur de su azoramiento frente a lo narrado, han de producir probables nuevos saberes e interpretaciones que con la distancia temporal necesaria que reclaman los historiadores de profesión estarán a salvo – o privados – del esencial testimonio de primera mano.
[i]  Destacado en el texto por la autora.

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