Un tipo de buen talante
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Memorias de un montonero
Roly Giménez
Mendoza, Leolibros, 400 págs.
2025
Muchos sobrevivientes quedan (…) y cada uno de ellos está invitado a dejar (…) constancia de sus recuerdos para incorporarlos y completar mejor la historia. Solo pedimos que sea estrictamente veraz el narrador; que nunca para aclarar una posición personal o magnificarla o para simular haber estado en algún lugar, diga algo incorrecto (…) con ese ánimo empezamos nuestros recuerdos.
Ernesto Che Guevara
(Prólogo a Pasajes de la guerra revolucionaria)
Entrevistamos a Guillermo Martínez Agüero a principios de los años 2000 para Mendoza montonera. Él tenía relación con Ramón Ábalo, pero no conmigo. Yo lo habré visto un par de veces entre el 73 y 74, y una instantánea permanece en mi memoria de la que ya casi no queda quien pueda corroborarla. El 26 de julio del 74, frente a la iglesia Loreto, una marcha de la JP se cruzó con la ortodoxia peronista en la conmemoración del fallecimiento de Evita. Hubo amagues, pero no mucho más: una guerra de consignas de la que los paseantes por la plaza Sarmiento solo oían una gritería indiscernible. El Polo vociferaba cantitos con el rostro encendido, la integridad de su euforia depositada a centímetros de los adversarios.
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A Roly Giménez no lo conozco. Es amigo de Facebook, lo que no implica amistad. Cuando sus posteos aparecen en mi muro, a menudo los leo. Tiene numerosos contactos que aprecian el costumbrismo de sus reminiscencias. También comparte opiniones que provocan controversias, varias de las cuales he seguido con interés. Hace poco publicó una suerte de promoción con foto y texto de su flamante libro. Las respuestas tremebundas de bots, trols y muertos-vivos tornaron peliagudos los resultados de esa campaña, por decir lo mínimo.

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Memorias de un montonero restituye identificaciones, curiosidades y otorga excusas para reflexionar sobre los 60 y 70. Ofrece asimismo el irresistible placer de hablar de nosotros mismos: esas décadas determinaron nuestras vidas. El Polo, desde el lugar prominente que le tocó. Nosotros, desde el intrépido sitio de penúltimos perejiles en viaje a Venus, imaginábamos actuar al ladito del mismo Che. Íntegros y convencidos, equivocados o no, no hubo cucos que nos arrastraran de la narices. El área que ocupó cada uno no fue, de todos modos, óbice para que los horribles nos eximieran de sus atrocidades. Si no, chequear lo que Silvia Labayru cuenta a Leila Guerriero sobre qué pasaba con los militantes de bajo rango que llevaban a la ESMA: “Los milicianos jovencitos, perfil montonero básico no duraban ni una semana” (La llamada, 205).
Nos incumben los 60 y 70 que tienen que ver con Mendoza. Los vivimos, los dialogamos y no prescindimos de pensarlos.
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El reportaje abarca la vida entera del Polo, no solo los 60 y 70. Su activismo ambientalista lo tiene como referente en la defensa del agua y en contra de la megaminería a cielo abierto. Hay un capítulo completo dedicado al tema. Nos mortifica el asalto al medio ambiente y la represión a quienes lo cuidan. La militancia del Polo en esas filas, si bien “son ámbitos separados”, explica el vínculo con sus resistencias y combates previos. Nuestras meditaciones tal vez se asientan demasiado en aquellas décadas tumultuosas. El afán perdura porque se pretende hallar alguna virtud en la nostalgia setentista que entibia el alma, pero si uno se descuida entumece la razón.

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Leímos con gusto. Por identificación y curiosidad. Curiosidad por enterarnos cómo un dirigente rememora su militancia en los mismos años y la misma geografía en la que nosotros medrábamos. Curiosidad por ver si concuerda de alguna manera su experiencia revolucionaria con lo que con Ramón Ábalo reconstruimos del breve gobierno de Alberto Martínez Baca.
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Creí que iba a encontrar un toque más personal que el que obtuvimos para Mendoza montonera. No hay queja por el testimonio que nos regaló, al contrario. Su aporte y el de los otros pusieron en valor nuestro modesto texto. Su visión es la del cuadro, del militante, el sujeto colectivo que torna secundario el involucramiento particular. El tono se parece al que nos brindó a nosotros, aunque enmarcado ahora en la génesis de la Organización.
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Su relato imponente atempera la premura en hablar de la historia amplia, la que parte de los lectores conoce. El entrevistado sesentista o setentista, en el deseo de transmitir su experiencia a quienes no vivieron los hechos, recuenta. A mí me parece que muchos de quienes leen estos testimonios son contemporáneos al relato y se desviven por husmear pormenores que imaginan se les retacean. Pero el Polo se siente más cómodo cuando habla del conjunto, la historia verdadera, la economía, los fierros, las teorías, las tácticas y tópicos así. Empieza por la provincia y se esparce a lo nacional o aún a lo internacional. Le da primacía al gran entorno, que sería el decisivo. Lo local se subordina inopinadamente al esquema mayor. Hay varias excepciones, por supuesto. Encontré impactante el apartado “Vuelta a la clandestinidad y caída”, donde se revelan detalles de sucesos y de queridos compañeros que militaron en Mendoza no muy difundidos y que trascienden el círculo menguante de iniciados y sobrevivientes.
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Es sobrio en asuntos personales, amorosos, que no se vinculan con el colectivo o la revolución. Esta manera de contar tiene su gracia. Es un modo más o menos en desuso; en el presente proliferan los “relatos del yo” que han invadido para bien o para mal la mayoría de las modalidades de escritura. Contener lo propio en favor del conjunto ya no apela a entrevistados o testimoniantes. El recurso al nosotros convida aquí a compartir, a explicar Montoneros. La entrevista complementa las memorias de Perdía y las de Vaca Narvaja, con disonancias. Desliza que esos jefes (incluso Firmenich) “…en el plano político, se fueron aggiornando…”. No recrimina. Insinúa matices.

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No se priva de cuestionamientos cuando se explaya sobre la democracia posdictatorial que algunos denominan “democracia de la derrota”. Ignoro si coincide con esta calificación. Pero sí habla de la necesidad de cambiarla por una democracia directa que surja de la participación de ese ente que ya pocos invocan, el pueblo; que implique justicia social y soberanía política, que sea revolucionaria y de los trabajadores, una democracia “totalmente diferente” de la que hoy lleva ese nombre.
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Uno puede o no estar de acuerdo. Pero es innegable la ausencia de remilgos en pronunciarse. Igual con la reivindicación de Montoneros. Menciona errores sin instalarse en ellos. Aún las acciones que exmilitantes disputan y censuran o de las cuales se arrepienten, para él no merecen reproches graves o descalificaciones del conjunto. Rescata el orgullo de la práctica militante setentista en sus expresiones más controvertidas, que diversos progresismos desaprueban. De estos últimos hay quienes protestan porque la herencia es demasiado pesada para las generaciones posteriores. Otros demandan que sus participantes asuman responsabilidades por el genocidio: “…quienes tuvieron cualquier participación en la insurgencia armada deben ser críticamente valorados de acuerdo con su contribución objetiva al desenlace del horror desencadenado…”. Parece ser que los que sostienen esta requisitoria han elegido ubicarse dentro de los límites establecidos por la democracia posdictatorial, o la de la derrota.
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Más de uno se apuraría en considerarlo un exaltado, acaso un anacrónico. Lo difícil es cuestionar la fortaleza de sus convicciones. El mundo actual no produce políticos relevantes o activistas que mantengan sus posturas aún en las circunstancias más desfavorables.

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Las entrevistas a la familia del Polo ponen en entredicho suposiciones que se han naturalizado. Estas voces – para aquellos dispuestos a escuchar – dan a entender que en los tiempos duros en el territorio los jefes confrontaban situaciones de precariedad en las que quedaban, como cualquier otro, vulnerables y aislados. No parecen haber contado con todos los recursos del mundo ni tramado traiciones, huidas vergonzantes y otros oprobios que les imputan incluso críticos que se posicionan dentro del campo popular y de los cuales unos cuantos son antiguos miembros. Una hermana destaca a los compañeros que cayeron con vida y soportaron los martirios. Su entereza mantuvo encendida la lucha. Por otra parte, la opinión – en sintonía con la conducción histórica – sobre quienes fueron forzados a colaborar es a mi juicio, polémica; requiere una más profunda elaboración. Contraría el consenso sobre el tema al que arribaron con el paso de los años las organizaciones de derechos humanos, estudiosos y parte de la militancia interesada en la época. Es probable que más adelante se abra a deliberación también este último enfoque, con sus múltiples gradaciones y tonos.
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Las intervenciones de Roly Giménez tienen el atributo de la mesura. Las notas al pie, como deben ser, puntuales y clarificadoras. En ocasiones repregunta y en otras no. El montaje es ejemplar. Como en los buenos reportajes, sabe dejar hablar y escucha, méritos dignos del buen entrevistador y escasos en el gremio. Su esfuerzo contribuye a apuntalar un testimonio indispensable al que de otro modo la historia provincial reciente no hubiese tenido acceso.

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Ramón Ábalo decía que era imposible llevarse mal con el Polo, un tipo de tan buen talante. Pero en 2010 hubo unos chisporroteos por la perspectiva de cada uno respecto al gobierno nacional, además de un tópico explosivo: enterrar o desenterrar las armas. El Polo desliza con humor que el Negro “lo despellejó” en un artículo de La Quinta Pata. La revista se encuentra inactiva desde 2022, pero si hay interés en explorar los percances del desencuentro, con paciencia y algo de experticia se puede indagar en su página web, a la que todavía es posible ingresar. Al igual que con otros compañeros con quienes tenía diferencias, la amistad con Ábalo no se resintió. Tipos como ellos no podían permanecer enfadados.
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Este libro discute lo que la hegemonía de clase sataniza: la militancia. La del Polo pertenece a una gesta colectiva que no se agota en los 60 y 70. Se actualiza en las luchas de hoy con el decoro que le conocemos y la pasión que el paso del tiempo no ha conseguido extinguir.
HD
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